Treinta y cinco años después de la desintegración de la Unión Soviética, Rusia se mantiene como una superpotencia nuclear y un actor principal en la escena internacional. Frente a los pronósticos occidentales de colapso económico y aislamiento político, el Kremlin ha reforzado su posición gracias a su alianza sin límites con Pekín y al impulso de organismos no occidentales como los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái. Este fenómeno ocurre apenas unos días después de [xi-jinping-viaja-a-india-para-una-cumbre-de-los-brics-eclipsada-por-las-guerras-c70c9e], evidenciando la consolidación de bloques alternativos al orden tradicional.
La situación actual de fragmentación e inestabilidad global favorece las fortalezas estratégicas rusas. La volatilidad, los conflictos activos, el retroceso de la globalización y las fisuras en la alianza transatlántica han permitido a Moscú eludir el muro de sanciones occidentales y mantener la estabilidad política y social interna. Mientras Europa continúa suministrando armamento a Ucrania, el papel de Vladímir Putin en la política internacional experimenta un proceso de normalización gradual.
En este escenario de reconfiguración geopolítica, la ultraderecha europea comienza a tejer lazos institucionales con el poder ruso. Partidos como Alternativa para Alemania buscan establecer canales de comunicación con Moscú, sumándose a una estrategia que Marine Le Pen emprendió en Francia hace años. Esta aproximación de formaciones políticas clave en el corazón de Europa añade un factor de presión adicional sobre la unidad comunitaria frente al Kremlin.
El análisis advierte que la persistencia de esta ventaja rusa depende de la continuidad del desorden internacional. La situación podría modificarse si un futuro cambio de rumbo en la Casa Blanca tras la administración de Donald Trump logra restaurar el multilateralismo y la cohesión de la alianza occidental. No obstante, las declaraciones de los sectores más duros del partido republicano estadounidense apuntan hacia una continuidad en la confrontación.
En el plano militar, la guerra en Ucrania continúa sin perspectivas claras de alto el fuego, acompañada de un incremento generalizado en el gasto armamentístico europeo. A esto se suman actuaciones controvertidas de Rusia más allá de sus fronteras, incluyendo sabotajes en infraestructuras y amenazas veladas hacia los Estados Bálticos, recordando los momentos más tensos de la Guerra Fría.