La Asamblea General de la ONU se celebra este año bajo una atmósfera de profunda parálisis institucional y fractura global. Las principales potencias ignoran los mecanismos tradicionales de mediación mientras los conflictos regionales se multiplican sin una respuesta efectiva del organismo internacional.
Este escenario de bloqueo institucional ocurre apenas unos días después de Guterres afronta su última Asamblea General de la ONU marcado por las crisis y el veto financiero, y no parece casualidad que la arquitectura diplomática global muestre grietas insalvables.
El deterioro del sistema de Naciones Unidas no es un fenómeno aislado, sino el resultado acumulado de décadas de instrumentalización por parte de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. Los vetos cruzados y la asfixia presupuestaria han convertido al organismo en un foro de retórica vacía mientras las decisiones reales se toman en despachos al margen de la legalidad internacional.
Actores de diverso pelaje, desde potencias hegemónicas hasta estados revisionistas, desafían abiertamente las resoluciones de la organización sin temor a consecuencias tangibles. La diplomacia multilateral cede así terreno ante la lógica de la fuerza y los bloques económicos cerrados.
Esta deriva conecta directamente con la tensión vivida en paralelo en Nueva York, donde EE. UU. niega visados a la delegación iraní para la Asamblea de la ONU, evidenciando que el propio país anfitrión utiliza la burocracia internacional como herramienta de presión geopolítica.