El Ministerio de Asuntos Exteriores de Pakistán confirmó que no cumplirá con las sanciones unilaterales dictadas por Washington contra Irán, al carecer de cualquier base en el derecho internacional. Durante una comparecencia ante los medios en Islamabad, el portavoz oficial de la cancillería, Taher Andarab, subrayó que los desacuerdos entre naciones deben resolverse exclusivamente mediante el diálogo y la vía diplomática.
Esta postura desafiante se produce pocos días después de que el secretario del Tesoro de EE. UU., Scott Bessent, revelara un nuevo paquete de medidas restrictivas contra la república islámica. La maniobra forma parte de la estrategia de la Casa Blanca para asfixiar financieramente a Teherán y forzar concesiones políticas en medio de una escalada sostenida.
El pulso diplomático y económico se enmarca en un escenario regional convulso, donde las potencias periféricas intentan sortear el bloqueo norteamericano. Esto ocurre apenas unos días después de que Irán denunciara que el bloqueo naval de EE. UU. asfixia sus importaciones de gasolina, evidenciando el impacto directo de las sanciones en las rutas de suministro.
La negativa de Islamabad a plegarse a los dictados de Washington pone de relieve las grietas en el frente occidental para aislar a Irán. A pesar de la presión estadounidense, diversos actores regionales buscan vías de distensión comercial y diplomática para esquivar el control financiero que ejerce el Tesoro norteamericano sobre el comercio internacional.
Este rechazo explícito conecta directamente con el pulso geopolítico que mantiene Teherán frente a la estrategia de estrangulamiento económico. Todo ello se desarrolla en un contexto donde Irán define la presión internacional como una guerra económica total, un marco en el cual cada alianza o ruptura de los bloques sancionadores adquiere un peso estratégico fundamental para la supervivencia del régimen iraní.