La escalada bélica en Etiopía ha vuelto a desatar un conflicto a gran escala después de que los combatientes del Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF) iniciaran una ofensiva directa contra las posiciones del Ejército federal. Los combates se han extendido rápidamente por las regiones vecinas de Afar y Amhara, consolidando la ruptura definitiva de los frágiles acuerdos previos y devolviendo al país al centro de la inestabilidad en el Cuerno de África.
Este estallido se produce en un contexto de profunda fragmentación estatal y tensiones étnicas arraigadas que llevan años desgarrando las estructuras de poder en Etiopía. El control de infraestructuras clave como el aeropuerto de Mekele, situado en la región de Tigray, otorga a los insurgentes una ventaja táctica y logística significativa frente a las fuerzas gubernamentales centralizadas.
En las operaciones participan directamente las milicias del TPLF y las unidades del Ejército federal etíope, con la implicación indirecta de actores regionales arrastrados por la inestabilidad fronteriza. La reanudación de las hostilidades amenaza con desestabilizar aún más una región ya castigada por crisis humanitarias y desplazamientos masivos.
Los intereses en juego giran en torno al control territorial, la distribución de recursos y la supervivencia política de las élites regionales frente al centralismo de Adís Abeba. La incapacidad de las estructuras estatales para mantener el monopolio de la fuerza evidencia la debilidad institucional crónica del país africano.
Esta situación guarda similitudes con dinámicas recientes analizadas en otros puntos calientes de tensión internacional, como se observa en los rebeldes de Tigré anuncian una guerra defensiva contra el Gobierno etíope, donde los patrones de enfrentamiento y respuesta militar se repiten de manera sistemática.