El tablero político de América Latina experimenta un profundo reacomodo estratégico a raíz de la llegada al poder de una nueva ola de gobiernos ultraderechistas. Países como Colombia, Argentina, Chile y Ecuador han impulsado un giro radical en sus relaciones diplomáticas con Oriente Medio, priorizando el acercamiento a Israel en busca del favor y la simpatía de la administración estadounidense. Este movimiento rompe con décadas de prudencia diplomática y equilibrios regionales, transformando la política exterior en una plataforma de afinidad ideológica con Washington.
El caso más paradigmático se produjo cuando el nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, reconoció la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán, convirtiendo al país en el segundo del mundo en adoptar esta postura tras la decisión de la primera administración de Donald Trump. La medida desató el rechazo frontal de una veintena de países árabes por violar resoluciones de la legitimidad internacional. Este paso se suma a la restitución de relaciones diplomáticas, el traslado de la embajada a Jerusalén y la reanudación de exportaciones de carbón, revirtiendo por completo la postura de defensa del pueblo palestino impulsada por el anterior mandatario, Gustavo Petro.
En paralelo, la Argentina de Javier Milei mantiene desde 2023 un alineamiento incondicional con el Ejecutivo de Benjamín Netanyahu, convertido en eje central de su política exterior y respaldado por frecuentes visitas oficiales y memorándums de cooperación en seguridad y defensa. Por su parte, Chile, bajo la administración de José Antonio Kast, ha designado nuevo embajador en Israel y ha cerrado la embajada de Irán, distanciándose de la tradicional prudencia chilena para evitar importar conflictos de Oriente Medio, en un contexto donde el país alberga a la mayor comunidad palestina fuera del mundo árabe.
Ecuador y Honduras se suman a esta tendencia mediante la firma de acuerdos de cooperación en defensa y seguridad con Israel, vinculando la política exterior a la lucha contra el crimen organizado y el terrorismo bajo los parámetros que marca la diplomacia de Estados Unidos. Expertos señalan que este bloque de naciones busca una atención preferente y logros tempranos de legitimidad ante Washington, evidenciando cómo la polarización ideológica impregna las decisiones geopolíticas de la región.
Este movimiento de subordinación a los intereses de Washington y Tel Aviv se produce en un escenario de creciente tensión global, marcado por [ee-uu-ataca-la-isla-de-larak-y-reaviva-el-conflicto-en-ormuz-1febe9], donde la proyección militar estadounidense en puntos críticos como el golfo Pérsico encuentra ahora un eco político y diplomócratas voluntarios en el Cono Sur.