Las fuerzas armadas de Estados Unidos ejecutaron este martes nuevos ataques aéreos contra posiciones iraníes, un movimiento ordenado por el presidente Donald Trump que dinamita los intentos de desescalada tras el intercambio de fuego registrado el fin de semana anterior. Esta ofensiva consolida una tendencia de presión militar y económica que Washington viene alternando en las últimas semanas para intentar doblegar a Teherán en la región.
El Comando Central de EE. UU. justificó la operación militar alegando que se trata de una respuesta directa a las acciones del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica en el estrecho de Ormuz. Según los informes disponibles, Teherán ha logrado cerrar de manera efectiva esta vía fluvial esencial para el suministro global de petróleo tras el impacto sufrido por al menos dos petroleros que abandonaban la zona.
La reapertura de las hostilidades se produce en un momento de máxima tensión en los mercados energéticos internacionales. Los precios del crudo ya habían experimentado un repunte significativo tras el primer intercambio de ataques directos registrado desde el mes de julio, evidenciando la fragilidad de las rutas comerciales en el golfo Pérsico.
Este despliegue militar se enmarca en una estrategia más amplia de bloqueo y asfixia económica sobre la República Islámica. Esto ocurre apenas unos días después de [bloqueo-naval-de-ee-uu-asfixia-por-completo-las-exportaciones-de-petroleo-de-iran-928262], y no parece casualidad en la secuencia de asfixia comercial que busca vaciar las arcas estatales iraníes mediante la interrupción total de sus exportaciones.
La respuesta estadounidense demuestra que la Casa Blanca no contempla por ahora una salida diplomática a la crisis en el golfo. Al contrario, prefiere escalar la confrontación directa para asegurar el control de los flujos energéticos y contrarrestar la influencia de Teherán en sus rutas de exportación tradicionales, arrastrando a la región a una espiral de imprevisibles consecuencias económicas.